Una perla del recorrido por Japón fue el Tsukiji Fish Market de Tokyo. Nos levantamos a las seis menos cuarto de la mañana de un Jueves frío y lluvioso para ver cómo funcionaba en hora pico y valió la pena.
El Tsukiji es el mercado y mayorista de pescados más grande del mundo, se comercializan todos los días más de 2,000 toneladas de 400 variedades distintas de pescado. Se pueden ver toda clase de pescados frescos y a los “carniceros del pescado” gritando, vendiendo, ofreciendo y poniéndole fin a la vida de los que llegaron vivos al mercado. Impresionante. Acá va un videito.
Podría decirse que con Lu somos “foodies”. Nos gusta mucho disfrutar de la buena comida, de la buena bebida y de probar nuevos sabores. Japón nos deleitó con su cocina, con la variedad de opciones y cocciones. Probamos uno y cada uno de los platos tradicionales japoneses, salimos a la caza de restaurants recomendados y hasta nos fuimos por el día a Osaka a probar su cocina. Pero nos enamoramos del Ramen.
Acá va un videito donde explicamos un poco de qué se trata el Ramen y después Lu demuestra su habilidad comiendo con palitos chinos. Groso per!
Hasta ayer veníamos bastante bien, el idioma no había sido un obstáculo. A fuerza de algo de inglés, señas y paciencia veníamos zafando. Pero ayer vivimos algo parecido a Bill Murray en Lost in Translation.
Decidimos buscar un buen restaurant para celebrar la última noche de nuestra estadía en Japón. Investigamos un poco, preguntamos en el hostel y encontramos el lugar perfecto para una buena cena. Lindo barrio, buen menú, bares cerca, 10 puntos.
Nosotros. Llegamos al restaurant y con la mano le hacemos a la moza que nos recibe la típica seña de la Victoria o la V, indicándole que somos 2 para cenar.
Ella. Responde con sonrisa, llevándose los dedos a la boca, como imitando la pitada de un cigarrillo.
Nosotros. Negamos con la cabeza respondiendo “no smoking, please”
Ella. Frunce el seño, mira como preocupada y dice… “guachimató, comorimará… wait-wait-wait!”
Y así empieza el espiral de refuerzo negativo.
Nos empezamos a poner nerviosos tratando de completar las frases que la moza luchaba por sacar de algún lado para tratar de explicarnos.
Nosotros. “Wait? Is there wait for the non-smoking area?”
Ella. Asiente, algo aliviada.
Nosotros. “How long?” Y le señalamos el reloj ante su mirada en blanco. No dice nada. “How long?”
Ella. Nada.
Nosotros. “Time? Time?” How much time preguntamos golpeándonos el reloj con el dedo.
Ella. “Oh Oh, ehhh ahh, acaricató… ehhhh ahh, acaricató”. Se señala su reloj.
Lu arriesga. “Ten minutes?”
Ella. Sonríe, asiente contenta. “Hi, Hi!”
Nosotros. Nos miramos como pensando, diez minutos no es nada, vamos al bar, pedimos algo y esperamos. Le levantamos el dedo pulgar en un “thumbs up!, no hay problema”, nos descalzamos imitando a todos los que estaban adentro, nos ponemos los pares de pantuflas que estaban en la entrada huérfanas y le decimos.
“Ehh… counter? Bar? Drinks?”
Ella. Nos mira perpleja. “Ehhh, coto-chomó, eto-domó, domo-chó domo chó… eh eh eh ahhh”. Y se va. Se va a buscar a la otra moza amiga en busca de ayuda. Se queda un rato con la amiga y vuelven las dos.
La amiga. Se arrodilla. Hace silencio, frunce el seño y dice. “Ehhh, ehh… caunter, counter FULL FULL – no-counter, no counter. Cotomó cho-gozaimás… ahhh”.
Nosotros nos miramos. “OK”. Nos quedamos esperando.
La moza la mira a la amiga moza y le sonríe. Nos mira a nosotros, la mira a ella y las dos se ríen. Se nos acerca, se arrodilla y nos saca de los pies las pantuflas que nos habíamos puesto diciendo, “ehhhh ehh, gotamachó-gotamachó ehhh. Shoes-NO, Shoes-NO”
Nosotros. Ok. Se ve que las pantuflas no eran para los comensales. Nos quedamos quietos ahí, con un poco de hambre, esperando, habían pasado 15 minutos.
Esperamos un rato más. De a rato nos mira, cabecea y sonríe. No se inmuta nada, ni un comentario. Esperamos otro rato, habría pasado otra media hora. Nos miramos con hambre y pensando cómo hacer para preguntarle si faltaba mucho sin embarcarnos en el mar de las señas mudas.
Yo me arriesgo y pensando que hablándole como tarzán nos iba a ir mejor, le digo. “Sorry. Do you know if time…long… for table”.
Ella mira perpleja, asustada. “Acomochó nagarachá eh eh ehhhhhhhhhhhhhhh”. Se va corriendo a buscar a otra amiga moza.
La agarra. Le cuenta. Espera. La otra le dice algo, le repregunta. Esperan. De golpe se deciden y vienen.
La otra. “Ehhh ehhhhhhhhhh”. Hace símbolo de fumar y dice “OK OK”.
Yo me empiezo a sonreir. “No, no, NO ME ENTENDISTE. Non smoking. No smoking. No fumador, sin fumar, cuánto tiempo, how long how long???”
La otra. Se calla, frunce el seño. Quiere decir algo y no lo dice. “Ehhhh, ahhhhhhhhhhh”.
Yo… me sale en medio de risas. “Dale decilo por Dios decilo. Time, falta mucho? Reloj, time, comer”.
Ella. “Acaricató chó, domo chó, icarito chó ahhhh, full fulllll counter full. Eating eating, no time”.
Yo riéndome. “Pero cuánto falta por el amor de Dios para la mesa. Con señas de llevarme un tenedor a la boca. Comer. Comer. Eat. Time. How long how longggggggggg?? Lo miro a perzo y me empiezo a reir”.
Ella trata con su mejor esfuerzo de decirnos algo que no sale. Y de vuelta el domo-chó. “Domo chó domo chó-counter full ehhh ahhh, no time no time”.
Yo. “No counter no counter. Table. How long for a TABLE T-A-B-L-E. Y me empiezo a morir de risa sin parar, con mucha tentación y se me empiezan a caer las lágrimas de la risa en una carcajada tremenda. Y la japonesa ahí, enfrente mío, tratando de hilar palabras inenteligibles. Mirándome como sin entender nada, seguía intentando, con cara de seria.
Perzo me dice que no da para más que me siga riendo así, pero yo no lo puedo cortar. La situación era tremenda.
En ese momento viene la moza original, nos dibuja un mapita de la calle, y nos señala otro restaurant para que vayamos. El mapita no se entendía nada, le intentamos preguntar cómo llegar y ella directamente le pide a alguien que nos acompañe.
Así que así terminó nuestra noche de ayer. Cenando pizza en un restaurant japonés-americano, con menú en inglés, con moza que hablaba inglés.
Intenso lo del idioma. Da impotencia cuando te dicen algo que no tenés manera de entender y no hay cómo darle la vuelta. También tremendo pensar las cosas de un país que uno se pierde por no conocer el idioma y por la dificultad de la interacción. Por suerte lo tuvimos a Kei en Tokyo, que nos ayudó mucho. En China nos espera Grace y en Thailandia Noi y Nuchi. Tendremos que ver como nos arreglamos después!
Vuelvo al blog con un lista. A continuación va el top 3 de actos de civilidad que experimenté después de 10 días en Japón.
1- Respeto a los mayores. Situación: venimos viajando en colectivo y en una parada se suben como cinco viejitos todos juntos. Al instante se levantan de sus asientos cinco personas para dejar sus lugares, y no pasa mucho tiempo hasta que todos los asientos del bus son ocupados por ancianos. Tremenda verguenza me da recordar que en mi adolescencia era de lo mas normal que con mis amigos nos hicieramos los dormidos en la línea 144 para zafar de dar el asiento.
2- Cero vandalismo. En las ciudades hay muchísimas máquinas expendedoras de bebidas en la vía pública, casi una por cuadra. Todas funcionan, no tienen un rasguño, una escritura ni un abollón. Supongo que la ausencia de bandalismo me sorprendió a mi tanto como a un Japonés le sorprendería saber lo que hacemos en Argentina con las plazas públicas (ver aca)
3- Amabilidad. Cada vez que entramos o salimos de un restaurant o local de ventas todos los empleados nos saludan, despiden y agradecen en voz alta, repetidas veces. ‘Irasshaimase’, ‘arigato gozaimas’ y otras frases imposibles de recordar, todo para hacerte sentir bienvenido.
Sin embargo nada en la vida es absoluto y menos en Japón. En esta sociedad de orden y respeto por el prójimo me sorprendió una excepción.
En Kyoto las bicicletas tienen prioridad sobre los peatones, con los que comparten la vereda todo el tiempo porque casi no hay bicisendas. Increíble pero real, al principio me costó asimilarlo: bicis a todo lo que da haciendo ring-ring con la bocina y la gente tirándose para el costado para que no la atropellen, sin protestar.
Japón tiene mucho de escurridizo para el occidental. Cuando pensás que empezás a entender la cultura y que la podés encasillar en alguna categoría conocida, ves algo que te descoloca. Justo en esa impredecibilidad reside lo interesante de viajar al lejano oriente.
Después de seis días, en este momento dejamos Tokyo para seguir recorriendo Japón hacia el Oeste. Si bien la ciudad es muy linda, Tokyo es muy occidental. Hasta tiene algún parecido a una Nueva York poblada de Japoneses. Pero lo que Tokyo sí tiene bien distinto es su sociedad. Con una mezcla de humildad, generosidad, honestidad y atención, los japoneses se ganaron todo nuestro respeto.
Kei, amigo japonés de Lu de MIT, nos recibió el Miércoles a la noche y todavía sigue cuidando de nuestra estadía en su país. Miércoles, Jueves y Viernes nos llevó a cenar a restaurants típicos para que probáramos todos los platos característicos de Japón. A mi casi no me conocía, pero en cada cena se preocupaba porque la comida me gustara, porque tuviera suficiente agua, vino o cerveza, porque estuviera satisfecha o porque estuviera bien de calor o frío. También fue muy generoso con nosotros. Nos buscaba en el hotel y cada noche era una lucha pagar la cuenta porque siempre nos quería invitar.
Organizó una cena a la que también vinieron Go y Akane, otros dos japoneses de MIT, y tuve la misma sensación. Sobre todo porque Go llegó a las 10 de la noche de su trabajo y se quedó dos horas porque después tenía que volver a la oficina a seguir trabajando. Nos contó que trabaja cada día hasta las 12 de la noche, que ve muy poco a sus dos hijitas y que el Domingo se iba de viaje de negocios a Estados Unidos y México por varios días. Pero Go se tomó dos horas de su Viernes a la noche para venir a cenar con nosotros.
Tokyo es también la ciudad más limpia que conocimos hasta ahora y me arriesgaría a decir, la ciudad más limpia del mundo. Impecable, brillante. Ni un papel en la calle, nada. Los subtes más pulcros del mundo. Y a la vez, Tokyo es una ciudad casi sin tachos de basura. Por alguna razón que todavía desconocemos, no se encuentran tachos de basura en las veredas de la ciudad. Cuando le preguntamos sorprendidos a Kei acerca de la ausencia de tachos de basura, no pudo explicarla porque no la había notado (!!). O sea, los 12 millones de japoneses que viven en Tokyo guardan toda la basura en su bolsillo hasta que vuelven a su casa y la tiran o encuentran alguno de los tachos de basura escondidos que están por ahí. Uno creería que para que una ciudad esté limpia se necesitan tachos de basura en cada esquina. Tokyo demuestra que no, que la educación y la cultura son suficientes para mantener limpia la ciudad.
Y lo último a destacar, el sumo respeto por las personas mayores. Empezamos a entender esto con Kei, que se dirigía respetuosamente a Go como “my senior”, solamente porque Go es dos o tres años más grande. Y terminamos de entender el respeto a los mayores cuando con perzo comprábamos un café en Starbucks.
Estamos haciendo la cola y después de esperar un rato llega nuestro turno. Nos acercamos para pedir y de golpe un viejito sale de la nada y se nos mete adelante. Con perzo nos miramos completamente indignados, pensando “caradura!”, miramos a la chica detrás del mostrador enojados y vemos que ella atiende al anciano con la mayor naturalidad del mundo. Nos volvemos a mirar como entendiendo lo que pasó, y ahí sonreimos admirados.
En fin, vale la pena viajar desde del otro lado del mundo para conocer a los japoneses.