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Cada vez estoy más convencido que nuestro futuro, y el de toda América Latina, está atado al liderazgo y perspectivas de Brasil. Todos nosotros en Argentina, políticos, empresarios, trabajadores, artístas, etc, etc, deberíamos estar pensando en como aprovechar esta oportunidad única que se nos presenta en los próximos 10 años. Estamos pegados a uno de los nuevos líderes de la economía mundial, a la marca de la que todos hablan.
Los datos económicos de Brasil ya son un lugar común de tanto que se citan. El mayor logro, sin dudas, los casi 30 millones de personas que salieron de la pobreza en los últimos 5 años. Pero los brasileros ahora están en discusiones que hace unos años no se nos hubiera ocurrido. Por ejemplo, al hablar de la evolución de la ciencia en el mundo, leo que Brasil genera un 60% más de publicaciones científicas que hace 5 años, y pasó de representar el 1.7% al 2.7% de la producción científica total.
Todo esto me genera admiración, y la sensación de una oportunidad enorme para nosotros los Argentinos, si la sabemos aprovechar. Pero también un poco (bastante) de envidia. Y esa sensación me trajo a la mente un párrafo del último libro de Martín Caparrós, Contra el Cambio. Acá lo transcribo porque es imperdible:
Creo que casi nunca vengo a Brasil porque detesto esa actitud – que adopto en cuanto llego – de por qué ellos lo hicieron y nosotros no. Brasil es la puesta en escena y el termómetro fiel del fracaso argentino. Pero también detesto al Brasil. Lo detesto desde chico, desde que aprendí – educación de joven argentino – que nosotros éramos serios tristes decididos, dedicados a las cosas importantes, y ellos en cambio se consagraban a esas boludeces de la música la joda el cuerpo ser felices. Con eso – con ver, a mis dieciocho, los esfuerzos de los adonis de Copacabana por mejorar su condición adónica mientras yo, joven tan grave, huía de mi país en llamas – me alcanzó para detestarlos por un tiempo. Pero todo fue empeorando cuando descubrí que, en medio de la música la joda el cuerpo la felicidad, ellos hacían el país que nosotros nunca hacíamos – que habíamos amenazado con hacer pero no hicimos.
El fin de semana pasado leí un excelente reporte sobre Latino América en el Economist (que dicho sea de paso es mi revista preferida, y recomiendo fervientemente se suscriban, más no sea su usuario de twitter). La introducción fue mala, porque de movida queda claro que Argentina está fuera del foco:
This report will concentrate mainly on the region’s larger countries that have embraced globalisation: Brazil, Mexico, Chile, Colombia and Peru, which between them represent three-quarters of Latin America’s GDP and more than 70% of its people.
Concuerdo 100% en la afirmación de que Argentina no ‘abrazó’ la globalización. Igual, en términos generales, el análisis de situación se aplica a Argentina también. En síntesis: el crecimiento récord de la región en los últimos 5 años fue alimentado por el apetito casi ilimidado de commodities por parte de China e India. También hubo políticas macroeconómicas razonales en la mayoría de los países (no en Argentina).
Pero me interesa más discutir sobre los desafíos futuros. The Economist plantea tres: la falta de crecimiento de la productividad, la desigualdad social, y la inseguridad (estos últimos dos muy relacionados a mi juicio)
Respecto al primer problema, la baja productividad, el reporte asigna como causa principal a la informalidad de la economía, que mantiene las operaciones de muchas empresas en un grado de precariedad importante. Más allá de esta causa estructural, también existe falta de calidad de gerenciamiento en muchas pymes. Sin procesos innovadores puestos en práctica por buenos managers es complicado aumentar la productividad. En este sentido mi preocupación pasa por la formación de los recursos humanos de calidad mundial, que estén al tanto de las últimas herramientas y tendencias en gestión. No debiera ser tan complicado con el acceso actual que permite Internet. De todas formas, es un proceso que require visión de largo plazo y fundametalmente conexión con el mundo desarrollado por parte de los niveles directivos más altos de las empresas. Y eso no es tan común en un país como Argentina, que como decía antes no incorporó la globalización como un valor contemporáneo clave.
Respecto a la desigualdad de ingresos, y en particular la pobreza, es el mal que hace de nuestras sociedades lugares complicados para vivir. Después de visitar Nepal (donde el 82% de la población vive con menos de 2 dólares por día y no hay inseguridad) me quedó claro que el delito no se genera por los nives bajos de ingreso sino por la terrible desigualdad. Latinoamérica es el lugar más desigual del mundo, donde casinos lujosos como el City Center en Rosario conviven con la pobreza más extrema. No es viable. Ninguna sociedad puede sostenerse así. Es difícil decir qué hacer y no es mi especialidad. Desde mi lugar creo que la mejor contribución es ayudar a sostener una empresa rentable, que dé trabajo digno y cumpla con sus compromisos. Creo en la libre empresa como agente de fundamental de progreso, aunque en países como la Argentina se lo desvalorice. Y quizás no sea suficiente. En mi caso, creo que otro aporte pasa por colaborar en la educación. Este es otro de los grandes temas estratégicos que permiten movilidad social, y en el que pienso enfocarme en el futuro.
Ayer se murió Paul Samuelson, economista leyenda y autor del libro de texto más leído de la historia. Cuando me enteré de la noticia me vino de inmediato a la mente uno de los momentos más memorables de mi paso por MIT. Un viernes cualquiera de fines de 2006, comiendo ensaladas sin que nadie les llevara el apunte, me los encontré a Samuelson y Solow y me puse a charlar con ellos por 5 minutos. Por supuesto que describí la experiencia en un post que fue uno de los más leídos del blog. Lo que más me sorprendió en ese momento fue la sencillez y humildad de estos personajes. Nunca me hubiera imaginado que dos premios nobel serían mas accesibles que los mismos estudiantes. En el artículo que ayer hoy le dedicó el New York Times también destacan la misma virtud:
Despite his celebrated accomplishments, Mr. Samuelson preached and practiced humility. The M.I.T. economics department became famous for collegiality, in no small part because no one else could play prima donna if Mr. Samuelson refused the role, and, of course, he did. Economists, he told his students, as Churchill said of political colleagues, “have much to be humble about.”
Samuelson era un grande de verdad y fue un lujo encontrármelo en MIT. La foto de aquel momento esta entre mis preferidas:
