La educación no se puede comprar con plata


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Ayer tuve un charla muy interesante sobre educación con mi amigo Martín Scasso, que es experto en la materia e investiga para referentes como el Cippec, Unicef y gobiernos de muchos países de América. Ambos tenemos hijos pequeños, y por eso ya nos empezamos a preocupar por el tipo de educación que queremos para ellos.

Martín me decía que la calidad de la educación formal, en los años de la primaria, no difiere mucho entre las opciones privadas y la públicas. Los profesores son los mismos y si bien en la teoría la escuela privada tiene más margen para seleccionar (y reemplazar) a sus maestros, muchas veces no lo hacen porque se puede volver muy oneroso para el presupuesto acotado que tienen (muchas reciben subsidios del estado, pero no para las indemnizaciones). La figura clave según él es el Director de la escuela, que garantiza la coordinación de los docentes y los contenidos, o en los peores casos se lava las manos y la escuela pasa a ser una suma de individualidades inconexas.

Pero el punto más interesante de Martín es que la educación de la primaria es un complemento de la verdadera educación, que ocurre en la casa. Los padres de hoy piensan que se puede comprar una buena educación privada y de esa forma se desentienden del problema. Pero uno educa en los actos, en los valores, en los libros que lee a su hijo, en la forma de actuar, de comunicarse, de jugar. En una casa donde la educación es valorada, en los actos concretos de todos los días, se busca en la escuela un complemento que permita “abrir el mundo”. Lo contrario a lo que ocurre en muchas primarias de elite que se cierran sobre si mismas y su microcosmos.

Sus palabras me hicieron acordar de este corto y punzante post de Mariano Narodowski, sobre cómo las familias se desentienden de la educación al pagarla:

La síntesis podría expresarse así: “toda la educación es un desastre, excepto en la escuela a la que van mis hijos”.

Este autoengaño al que nos sometemos es la máscara que justifica el desinterés por la educación. Las familias de clase media -que en todos los países son el motor del reclamo por educación- han decidido, ingenua y torpemente, que ellas pueden salvarse mientras el resto se hunde. Y si bien esto es imposible, el relato sobre lo “maravillosa que es la escuela privada del nene” y el esfuerzo económico para pagar educación tranquilizan a una población que tiene motivos de sobra para intranquilizarse.

Esto me hizo acordar a una anécdota personal. Mi escuela desde jardín de 4 hasta séptimo grado fue el Normal Nro 2 de Rosario, una de las típicas escuelas normales de la Nación fundada en 1910 . En los primeros años del jardín mi viejo junto a otro grupo de padres se pasaban las tardes del fin de semana poniendo las baldosas de los pisos, y colaborando con el mantenimiento general del lugar. En esas tareas se entablaban lazos de amistad entre los padres, algunos rosarinos y otros llegados de pueblos de interior, de distintas partes de la clase media, pero con un mismo valor: el compromiso e interés por la educación de sus hijos. La gran mayoría de esas familias estaba convencida que la educación era el ticket para un futuro mejor. Nadie faltaba nunca a una reunión de padres. La educación se construía entre las familias y los docentes en equipo.

Pasaron los años y mis viejos, a fuerza de laburo y capacidad emprendedora, progresaron económicamente y decidieron que podían darme más. Me cambiaron a una escuela privada para hacer la secundaria, donde sobre todo iba a aprender muy buen inglés.

En lo personal no me queda ninguna duda: el trabajo en las baldosas del jardín del Normal 2, que refleja el valor central que la educación tuvo en mi familia,  fue muchísimo más importante para mi desarrollo que las posibilidades económicas posteriores. Por eso hoy pienso que la crisis de la educación empieza sobre todo en la falta de involucramiento de las casas, que pagan la cuota y compran así una paz mental ilusoria.

 

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