Hasta ayer veníamos bastante bien, el idioma no había sido un obstáculo. A fuerza de algo de inglés, señas y paciencia veníamos zafando. Pero ayer vivimos algo parecido a Bill Murray en Lost in Translation.
Decidimos buscar un buen restaurant para celebrar la última noche de nuestra estadía en Japón. Investigamos un poco, preguntamos en el hostel y encontramos el lugar perfecto para una buena cena. Lindo barrio, buen menú, bares cerca, 10 puntos.
Nosotros. Llegamos al restaurant y con la mano le hacemos a la moza que nos recibe la típica seña de la Victoria o la V, indicándole que somos 2 para cenar.
Ella. Responde con sonrisa, llevándose los dedos a la boca, como imitando la pitada de un cigarrillo.
Nosotros. Negamos con la cabeza respondiendo “no smoking, please”
Ella. Frunce el seño, mira como preocupada y dice… “guachimató, comorimará… wait-wait-wait!”
Y así empieza el espiral de refuerzo negativo.
Nos empezamos a poner nerviosos tratando de completar las frases que la moza luchaba por sacar de algún lado para tratar de explicarnos.
Nosotros. “Wait? Is there wait for the non-smoking area?”
Ella. Asiente, algo aliviada.
Nosotros. “How long?” Y le señalamos el reloj ante su mirada en blanco. No dice nada. “How long?”
Ella. Nada.
Nosotros. “Time? Time?” How much time preguntamos golpeándonos el reloj con el dedo.
Ella. “Oh Oh, ehhh ahh, acaricató… ehhhh ahh, acaricató”. Se señala su reloj.
Lu arriesga. “Ten minutes?”
Ella. Sonríe, asiente contenta. “Hi, Hi!”
Nosotros. Nos miramos como pensando, diez minutos no es nada, vamos al bar, pedimos algo y esperamos. Le levantamos el dedo pulgar en un “thumbs up!, no hay problema”, nos descalzamos imitando a todos los que estaban adentro, nos ponemos los pares de pantuflas que estaban en la entrada huérfanas y le decimos.
“Ehh… counter? Bar? Drinks?”
Ella. Nos mira perpleja. “Ehhh, coto-chomó, eto-domó, domo-chó domo chó… eh eh eh ahhh”. Y se va. Se va a buscar a la otra moza amiga en busca de ayuda. Se queda un rato con la amiga y vuelven las dos.
La amiga. Se arrodilla. Hace silencio, frunce el seño y dice. “Ehhh, ehh… caunter, counter FULL FULL – no-counter, no counter. Cotomó cho-gozaimás… ahhh”.
Nosotros nos miramos. “OK”. Nos quedamos esperando.
La moza la mira a la amiga moza y le sonríe. Nos mira a nosotros, la mira a ella y las dos se ríen. Se nos acerca, se arrodilla y nos saca de los pies las pantuflas que nos habíamos puesto diciendo, “ehhhh ehh, gotamachó-gotamachó ehhh. Shoes-NO, Shoes-NO”
Nosotros. Ok. Se ve que las pantuflas no eran para los comensales. Nos quedamos quietos ahí, con un poco de hambre, esperando, habían pasado 15 minutos.
Esperamos un rato más. De a rato nos mira, cabecea y sonríe. No se inmuta nada, ni un comentario. Esperamos otro rato, habría pasado otra media hora. Nos miramos con hambre y pensando cómo hacer para preguntarle si faltaba mucho sin embarcarnos en el mar de las señas mudas.
Yo me arriesgo y pensando que hablándole como tarzán nos iba a ir mejor, le digo. “Sorry. Do you know if time…long… for table”.
Ella mira perpleja, asustada. “Acomochó nagarachá eh eh ehhhhhhhhhhhhhhh”. Se va corriendo a buscar a otra amiga moza.
La agarra. Le cuenta. Espera. La otra le dice algo, le repregunta. Esperan. De golpe se deciden y vienen.
La otra. “Ehhh ehhhhhhhhhh”. Hace símbolo de fumar y dice “OK OK”.
Yo me empiezo a sonreir. “No, no, NO ME ENTENDISTE. Non smoking. No smoking. No fumador, sin fumar, cuánto tiempo, how long how long???”
La otra. Se calla, frunce el seño. Quiere decir algo y no lo dice. “Ehhhh, ahhhhhhhhhhh”.
Yo… me sale en medio de risas. “Dale decilo por Dios decilo. Time, falta mucho? Reloj, time, comer”.
Ella. “Acaricató chó, domo chó, icarito chó ahhhh, full fulllll counter full. Eating eating, no time”.
Yo riéndome. “Pero cuánto falta por el amor de Dios para la mesa. Con señas de llevarme un tenedor a la boca. Comer. Comer. Eat. Time. How long how longggggggggg?? Lo miro a perzo y me empiezo a reir”.
Ella trata con su mejor esfuerzo de decirnos algo que no sale. Y de vuelta el domo-chó. “Domo chó domo chó-counter full ehhh ahhh, no time no time”.
Yo. “No counter no counter. Table. How long for a TABLE T-A-B-L-E. Y me empiezo a morir de risa sin parar, con mucha tentación y se me empiezan a caer las lágrimas de la risa en una carcajada tremenda. Y la japonesa ahí, enfrente mío, tratando de hilar palabras inenteligibles. Mirándome como sin entender nada, seguía intentando, con cara de seria.
Perzo me dice que no da para más que me siga riendo así, pero yo no lo puedo cortar. La situación era tremenda.
En ese momento viene la moza original, nos dibuja un mapita de la calle, y nos señala otro restaurant para que vayamos. El mapita no se entendía nada, le intentamos preguntar cómo llegar y ella directamente le pide a alguien que nos acompañe.
Así que así terminó nuestra noche de ayer. Cenando pizza en un restaurant japonés-americano, con menú en inglés, con moza que hablaba inglés.
Intenso lo del idioma. Da impotencia cuando te dicen algo que no tenés manera de entender y no hay cómo darle la vuelta. También tremendo pensar las cosas de un país que uno se pierde por no conocer el idioma y por la dificultad de la interacción. Por suerte lo tuvimos a Kei en Tokyo, que nos ayudó mucho. En China nos espera Grace y en Thailandia Noi y Nuchi. Tendremos que ver como nos arreglamos después!
Vuelvo al blog con un lista. A continuación va el top 3 de actos de civilidad que experimenté después de 10 días en Japón.
1- Respeto a los mayores. Situación: venimos viajando en colectivo y en una parada se suben como cinco viejitos todos juntos. Al instante se levantan de sus asientos cinco personas para dejar sus lugares, y no pasa mucho tiempo hasta que todos los asientos del bus son ocupados por ancianos. Tremenda verguenza me da recordar que en mi adolescencia era de lo mas normal que con mis amigos nos hicieramos los dormidos en la línea 144 para zafar de dar el asiento.
2- Cero vandalismo. En las ciudades hay muchísimas máquinas expendedoras de bebidas en la vía pública, casi una por cuadra. Todas funcionan, no tienen un rasguño, una escritura ni un abollón. Supongo que la ausencia de bandalismo me sorprendió a mi tanto como a un Japonés le sorprendería saber lo que hacemos en Argentina con las plazas públicas (ver aca)
3- Amabilidad. Cada vez que entramos o salimos de un restaurant o local de ventas todos los empleados nos saludan, despiden y agradecen en voz alta, repetidas veces. ‘Irasshaimase’, ‘arigato gozaimas’ y otras frases imposibles de recordar, todo para hacerte sentir bienvenido.
Sin embargo nada en la vida es absoluto y menos en Japón. En esta sociedad de orden y respeto por el prójimo me sorprendió una excepción.
En Kyoto las bicicletas tienen prioridad sobre los peatones, con los que comparten la vereda todo el tiempo porque casi no hay bicisendas. Increíble pero real, al principio me costó asimilarlo: bicis a todo lo que da haciendo ring-ring con la bocina y la gente tirándose para el costado para que no la atropellen, sin protestar.
Japón tiene mucho de escurridizo para el occidental. Cuando pensás que empezás a entender la cultura y que la podés encasillar en alguna categoría conocida, ves algo que te descoloca. Justo en esa impredecibilidad reside lo interesante de viajar al lejano oriente.
Después de seis días, en este momento dejamos Tokyo para seguir recorriendo Japón hacia el Oeste. Si bien la ciudad es muy linda, Tokyo es muy occidental. Hasta tiene algún parecido a una Nueva York poblada de Japoneses. Pero lo que Tokyo sí tiene bien distinto es su sociedad. Con una mezcla de humildad, generosidad, honestidad y atención, los japoneses se ganaron todo nuestro respeto.
Kei, amigo japonés de Lu de MIT, nos recibió el Miércoles a la noche y todavía sigue cuidando de nuestra estadía en su país. Miércoles, Jueves y Viernes nos llevó a cenar a restaurants típicos para que probáramos todos los platos característicos de Japón. A mi casi no me conocía, pero en cada cena se preocupaba porque la comida me gustara, porque tuviera suficiente agua, vino o cerveza, porque estuviera satisfecha o porque estuviera bien de calor o frío. También fue muy generoso con nosotros. Nos buscaba en el hotel y cada noche era una lucha pagar la cuenta porque siempre nos quería invitar.
Organizó una cena a la que también vinieron Go y Akane, otros dos japoneses de MIT, y tuve la misma sensación. Sobre todo porque Go llegó a las 10 de la noche de su trabajo y se quedó dos horas porque después tenía que volver a la oficina a seguir trabajando. Nos contó que trabaja cada día hasta las 12 de la noche, que ve muy poco a sus dos hijitas y que el Domingo se iba de viaje de negocios a Estados Unidos y México por varios días. Pero Go se tomó dos horas de su Viernes a la noche para venir a cenar con nosotros.
Tokyo es también la ciudad más limpia que conocimos hasta ahora y me arriesgaría a decir, la ciudad más limpia del mundo. Impecable, brillante. Ni un papel en la calle, nada. Los subtes más pulcros del mundo. Y a la vez, Tokyo es una ciudad casi sin tachos de basura. Por alguna razón que todavía desconocemos, no se encuentran tachos de basura en las veredas de la ciudad. Cuando le preguntamos sorprendidos a Kei acerca de la ausencia de tachos de basura, no pudo explicarla porque no la había notado (!!). O sea, los 12 millones de japoneses que viven en Tokyo guardan toda la basura en su bolsillo hasta que vuelven a su casa y la tiran o encuentran alguno de los tachos de basura escondidos que están por ahí. Uno creería que para que una ciudad esté limpia se necesitan tachos de basura en cada esquina. Tokyo demuestra que no, que la educación y la cultura son suficientes para mantener limpia la ciudad.
Y lo último a destacar, el sumo respeto por las personas mayores. Empezamos a entender esto con Kei, que se dirigía respetuosamente a Go como “my senior”, solamente porque Go es dos o tres años más grande. Y terminamos de entender el respeto a los mayores cuando con perzo comprábamos un café en Starbucks.
Estamos haciendo la cola y después de esperar un rato llega nuestro turno. Nos acercamos para pedir y de golpe un viejito sale de la nada y se nos mete adelante. Con perzo nos miramos completamente indignados, pensando “caradura!”, miramos a la chica detrás del mostrador enojados y vemos que ella atiende al anciano con la mayor naturalidad del mundo. Nos volvemos a mirar como entendiendo lo que pasó, y ahí sonreimos admirados.
En fin, vale la pena viajar desde del otro lado del mundo para conocer a los japoneses.
Me mudé a Boston cuando cumplía 24 años. Me mudé en búsqueda de aprendizaje y progreso y persiguiendo las ganas de vivir en otro país, que tengo desde que tengo memoria. Y fundamentalmente persiguiéndolo a perzo, que se me escapaba de Argentina. Llegué como pollito mojado y con una serie de pre-juicios sobre los americanos, que había mamado de familia y amigos.
En los 3 años bostonianos, con Lu tuvimos la oportunidad de estudiar, trabajar en distintos lugares y conocer mucha gente. A través de la experiencia, yo en particular pude deshechar pre-juicios. Entre ellos, aquel que me decía que “los yanquis son fríos y egocéntricos”.
Mi trabajo me permitió conocer muchos “yanquis”. Conocí a Hillen el 14 de Enero del 2008, cuando me esperó a la nochecita de un Martes nevado para entrevistarme para una posición que se abría en las oficinas de Boston. Conversamos un rato, me hizo una infinidad de preguntas, repasamos juntas las cosas en las que había trabajado antes, y cuando terminamos me miró y me dijo: “te quiero contratar”.
Hillen desconocía el proceso americano de contratación de extranjeros. No tenía idea de los 3 meses que tenía por delante, llenando formularios y justificando ante la oficina de “homeland security” del gobierno la contratación de una argentina de 24 años para una posición de marketing. No sabía que iban a tener que contratar abogados, pedir autorizaciones, pagar más de $5,000 dólares por la la aplicación de la visa y explicar por qué yo era necesaria para esa posición. No tenía idea de eso cuando me dijo que me iba a contratar. Pero Hillen me dijo que me iba a contratar, y me contrató.
El idioma fue difícil, empecé tropezando. Mis compañeros hicieron un esfuerzo grande para entender mi inglés argento y yo por entenderlos a ellos. Me acuerdo de la primera reunión como si fuera hoy:
Hillen mira al equipo de trabajo presente y dice:
Les quiero presentar a María. María va a estar trabajando con nosotros a partir de ahora para Gillette Blades & Razors. Les pido que cada uno se acerque a ella apenas tenga tiempo disponible para presentarse y conocerse.
En el teléfono teníamos en conferencia a la gente del equipo en Cincinnati. Alguien dice algo dirigiéndose a mi, que para mi es inenteligible.
Todos me miran.
Yo sonrío nerviosa como asintiendo. No había entendido una palabra y esperaba algún puntapié más.
Todos sonríen como esperando.
Vuelvo a sonreir, hago pausa y deslizo un “I´m glad to be here” mirando a Hillen para que me salve.
Y ella efectivamente me salva con un “Thanks Maria”.
Y así fue. Hillen me tiró el puntapié inicial y con el tiempo me fui sintiendo como pez en el agua.
Mi jefe David fue otro americano que conocí. Un ejemplo en persona del verdadero “work-life balance”. Siempre priorizaba a su esposa Rachel y a sus hijos Jackson, Jason y Lilly. Éramos un buen equipo, cada uno cubría al otro cuando era necesario y nos iba bien juntos.
Aunque los americanos nunca se toman más de una semana de vacaciones seguida, David me dijo “of course”, cuando le pregunté si me podía quedar 3 semanas en Argentina. También me dijo “of course” cada vez que le dije que me quedaba trabajando desde casa, que tenía que encontrarme con mi mamá que estaba de visita o acompañarlo a perzo al dentista.
David fue quien me organizó la despedida. Le pidió a una agencia que le pusiera mi nombre a un paquete de maquinitas de afeitar, la encuadró y se la dio a mis compañeros para que la firmaran. También pidió que crearan otro paquete de maquinitas de afeitar con mi nombre y cambiaran los slogans por chistes que me hacían tipo “Mate Time!” u “Otherwise known as Eugenia”. Las dedicatorias que me escribieron en el cuadro no se leen bien en la foto, pero algunas me hicieron emocionar.
Finalmente la última despedida fue en lo de Jamie, una compañera del trabajo que organizó una cena en su casa, me cocinó mis platos preferidos e invitó a mis compañeros más cercanos de la oficina.
Lu tuvo una experiencia muy parecida. Tuvo mucho reconocimiento, le hicieron despedida con sketch imitándolo, le regalaron un “Fernet”, un cuadro de Harvard Square, nos llevaron a cenar y todos sus compañeros vinieron a la despedida que organizamos antes de partir.
En fin, los yanquis que conocimos nos hicieron sentir muy queridos y reconocidos en su país y hoy por hoy, no hay más prejuicio.
Si vos pensábas igual que yo, quizás este post sirva para conocerlos un poco más.
El viaje de ruta nos permite conocer distintas realidades y paisajes de Estados Unidos. Algunos puntos muy turísticos y otros mucho menos. En algunas horas de viaje pasamos de grandes ciudades a desiertos, pueblitos fantasma y parques nacionales.
Después del incidente con el RV seguimos viaje hacia Las Vegas (Nevada). No tengo demasiado para decir sobre Vegas, así que linkeo el artículo que escribió Lu después de un viaje que hizo unos años atrás.
En pocas palabras, es una ciudad destinada al juego y todo está pensado para que la gente pase la mayor parte del tiempo apostando. A diferencia de la mayoría de las ciudades en Estados Unidos, se puede tomar alcohol en la calle y si jugás un poco en el casino, te regalan los tragos. No hay muchos barcitos o bolichitos, es puro casino, hoteles inmensos, shows, cabarets y prostitución. El Hotel Venetian tiene un techo que simula un cielo de día que ayuda a perder la noción del tiempo. En fin, estuvo bien conocer, pero no es una ciudad que recomendaría, salvo a los amantes de la timba.
A la mañana siguiente empezamos el trayecto hacia el Gran Cañón del Colorado, en Arizona. Manejamos una gran parte del trayecto por la Mojave National Preserve y la US Route 66.
Esta fue la parte desértica del viaje. Muy interesante conocer la América Profunda que se ve en las películas. Ruta desolada, con pueblitos de tanto en tanto, estaciones de servicio y alguna montaña a lo lejos. Pasamos por el desierto agreste de Mojave, nos sacamos fotos con los Joshua Trees y viajamos a través de la famosa Ruta 66.
La “Mother Road”, también conocida como “Main Street of América”, la crearon en 1926. No solo fue motivo de canciones y shows de televisión, sino también una ruta de 3,900 kilómetros que atravesaba 10 estados de Estados Unidos, de gran importancia económica para los pueblos y asentamientos alrededor de la ruta, que se beneficiaban de la popularidad del camino para hacer negocios. En el 85 decidieron reemplazar la ruta por un sistema de autopistas interestatales, así que actualmente no tiene tanta relevancia, pero es un símbolo de Estados Unidos, así que paramos y nos sacamos algunas fotos.
Finalmente llegamos al Parque Nacional del Gran Cañón del Colorado alrededor de las nueve de la noche y a la mañana siguiente estábamos listos para explorarlo. Realmente impresionante, fue declarado “World Heritage Site” por Unesco y es considerado una de las maravillas naturales del mundo. No sé si las fotos que sacamos muestran la inmensidad del cañón, pero es verdaderamente “breathtaking”, como dicen los americanos. Un producto de la naturaleza que empezó a formarse hace miles de millones de años con la colisión de placas tectónicas y con la erosión del Río Colorado. Como estábamos justos de tiempo, no pudimos descender hasta el Cañón, así que hicimos un trekking de unas horas a través del South Rim.
Nos llamó la atención la cantidad de gente recorriendo el parque en esta estación bastante fría (5 grados bajo cero de sensación térmica) y fuera de temporada. Todos los campings estaban llenos y los estacionamientos repletos. Me dio la sensación que a diferencia de Yosemite, al Gran Cañón le sacaron todo el jugo comercial posible. Los caminos están muy bien preparados para el turismo, rutas pavimentadas, carteles con señalización, garitas con información, servicio de shuttles. Te venden paseos en helicópteros, en 4 x 4 o en mulas, que hay que reservar con un año de anticipación. Hay más restaurants y puestos donde parar. En fin, bastante más turístico.
Pero bien valió la pena el viaje de casi 8 horas con embotellamiento incluido. Con esto cerramos el recorrido y damos la vuelta hacia Los Angeles a devolver La Tioga y pasar algunos días urbanos, sacarnos fotos en Beverly Hills, el cartel de Hollywood, y visitar Universal Studios!
No hay aventura sin desventura y era imposible pensar que íbamos a alquilar una casa rodante, y no iba a suceder algo tragicómico.
La primer decisión equivocada la tomamos cuando buscamos La Tioga.
La chica de la concesionaria después de explicar las condiciones del contrato, nos dice:
La chica - Como parte del contrato tienen que comprar el seguro básico que cubre cualquier tipo de accidentes
Nosotros – Perfecto, no hay problema
La chica – También tienen la posibilidad de comprar un seguro VIP que cuesta $32 dólares más por día y que les cubre cualquier daño potencial que le pueda ocurrir al vehículo…
(Rápidamente perzo y yo hacemos la cuenta mental… $32 dólares X 8 días… serían $256 dólares más… mmm… Nos miramos, pensamos en la vez que compramos un seguro extra para un auto alquilado en Boston y jamás lo necesitamos, nos volvemos a mirar como asintiendo en el pensamiento y con la mayor naturalidad del mundo respondemos)
Nosotros – No, muchas gracias
Y nos subimos al RV para empezar el viaje sin seguro VIP (error #1).
Pero la sucesión de decisiones equivocadas pasó la noche del Domingo. Habíamos dejado Yosemite a la tarde y habiendo manejado más de cuatro horas, decidimos pasar la noche en un punto intermedio, para seguir camino a Las Vegas la mañana siguiente.
Llegamos a un camping para RVs en Bakersfield, una especie de pueblito fantasma en el centro de California, alrededor de las 10 de la noche. Después de registrarnos, miramos el reloj muertos de hambre y empezamos a desesperar. Era tarde y todos los lugares para cenar, iban a estar cerrados.
En lugar de instalarnos en el camping tranquilos y arreglarnos con las salchichas que teníamos en la heladera, salimos enfurecidos a encontrar una pizzería, una hamburguesería o un puesto de panchos donde calmar el hambre (error #2). Damos unas vueltas en La Tioga y encontramos una especie de mall con una pizzería abierta. Cuando estamos por estacionar, vemos a lo lejos el cartel luminoso de Burger King. Nos miramos sonrientes y como si las hamburguesas de Burger fueran mejores que la napolitana, damos vuelta en U, encarando para el Burger King (error #3).
Entramos con el RV al parking y vemos las luces del local apagadas. Miramos un poco más y vemos que el “drive-thru” para hacer el pedido y llevártelo en el auto todavía está abierto. “Excelente”, pensamos. Avanzamos un poco más. Jubilosos ordenamos las hamburguesas. Sonreimos contentos. Con toda la confianza del mundo agarramos la rampita para pasar por la ventanilla donde pagás (error fatal)… y ahí pasó…
Escuchamos un sonido metálico, como de acero contra piedra, “TRA-TRA, TRA TRA TRA TRA TRA” acompañado por la camioneta haciendo fuerza. Pánico. “Hicimos bosta todo”, pensamos. Se baja Diego y mira. Estábamos aprisionados tipo sanguche abajo del techito de la ventanilla del drive thru de Burger King. Momento jodido.
Diego empieza a darle una serie interminable de direcciones a Luciano con el objetivo de sacar la camioneta sin dejar el techo en Burger King. “Un poquito a la derecha… enderezá, derecho derecho… Ahora a la izquierda, enderezá otra vez”. Después de unos 10 minutos de direcciones, donde lo vi transpirar a Lu más que nunca en los últimos 5 años, sacamos la Tioga del Burger.
Nosotros estábamos impecables pero la Tioga sufrió consecuencias. El toldo del “slide-out”, parte que permitía “agrandar” la camioneta cuando estaba estacionada para tener más espacio, quedó completamente destruido. 100%. Fue jodido, volvimos al camping en un silencio depre tremendo. Nos sentíamos importantemente bo–dos de haber insertado la camioneta abajo de un techo bajo de Burger King, todo por un par de hamburguesas.
A la mañana siguiente nos levantamos 6am para llamar al Roadside Assistance de la concesionaria. Nos recomiendan un taller y la llevamos. Malas noticias, hay que cambiarle todo el techo del slide-out. La revisan para chequear que todo ande bien y podamos seguir andando. Terminan de arrancar lo que quedaba del toldo y seguimos de viaje. También nos pasan el presupuesto de lo que va a costar el arreglo. Duro. No imposible, pero duro.
Las dos horas siguientes fueron en silencio. Después empezamos con los mates y la música y fuimos repuntando. Nos reímos largamente de la estupidez cometida y de lo mensos que fuimos. Tambien del ruido que hizo la Tioga cuando le dio al techo del Burger, que Diego bautizó “balacera”, por el parecido a un sonido de tiroteo con ametralladoras. Pero en fin, ya estamos perfectos nuevamente, camino al Gran Cañón del Colorado. Aprendimos que hay que contratar los seguros VIPs y tener cuidado con los techos bajos y a cada rato imitamos el TRA TRA, TRA TRA TRA TRA, que lo hizo transpirar tanto a perzo.
En fin, buena la actitud, que es lo fundamental. Como dice nuestro querido Rolf Potts en Vagabonding:
“After all, if you can find joy in insults, if you can learn to laugh at what would otherwise have made you angry, the world is indeed “all yours”.
Después de un viaje de cuatro horas por la ladera de la montaña desde Monterey, llegamos al Parque Nacional Yosemite.
El parque esta ubicado al noreste de California y las 1,189 millas cuadradas que hoy lo conforman fueron declaradas “tierras públicas” por Lincoln en 1864, dando origen a la fundación de Parques Nacionales en Estados Unidos. El parque tiene una diversidad de atracciones y lugares para visitar que abarca montañas, sierras, cataratas, lagos y árboles antiquísimos.
Nosotros llegamos el Viernes a la noche y nos recibió un ‘dry” camping oscuro y nevado. “Dry” porque no habia provisión de agua o electricidad, así que tuvimos que usar las reservas de la Tioga para iluminar y bañarnos. Prendimos el horno y cocinamos “pork ribs” que cenamos con ensalada y vino. La Tioga se portó 100 puntos.
A la mañana siguiente nos encontramos con Lean, que nos trajo camperas, muchas provisiones, cartas y yerba (gracias Lean!). Manejamos por el parque, visitamos la Bridalveil Fall e hicimos un trekking de unas horas desde donde veíamos el Half Dome y El Capitan. A eso de las 6 de la tarde el frío se complicó, así que nos fuimos a la Tioga a preparar un fogoncito-asadito
Esta fue la primer perla de Yosemite, que paradójicamente nada tuvo que ver con el parque. Empezamos alrededor de las 7pm prendiendo el fuego y tomando un vinito con picada. En el medio jugamos al “jodete” con Ford, musicalizamos con el ipod y alrededor de las 9pm cenamos. Después de la cena , vino el truco de a cuatro y nos terminamos acostando a las 2 de la mañana, habiendo practicado con alegría todos los rituales del camping.
Comentario al respecto: la idiosincrasia americana del campamento es distinta a la argentina. Mientras nosotros preparábamos el asado a las 9pm, nuestros vecinos dormían o estaban dentro de sus vehículos. Ningún otro fogón y mucho menos una guitarra dando vueltas. Silencio y oscuridad. La mayor parte de la gente que acampa es más grande o lo hace en familia. En fin, es distinto.
La segunda perla de Yosemite fueron las Sequoias que visitamos al día siguiente, al Sur del parque en Mariposa Grove. Las Sequoias son árboles muy grandes y antiguos que crecen solamente en la ladera de la montaña, entre 4,500 y 7,000 pies de altura. Las más antigua en Yosemite se llama Grizzly Giant y se calcula que tiene alrededor de 1,800 años.
Como crecen arriba de la montaña, tuvimos que ir a buscarlas. La ruta estaba cerrada por la nieve, así que decidimos hacerla a pie. Eran 2 millas hasta donde empezaba la reserva y después otras 2 millas hasta el museo y el sector donde había más concentración de Sequoias.
Fue un gran recorrido. Nos llevó en total unas 4 horas de caminata sobre la nieve, con mucho frío y pies mojados, pero valió mucho la pena. Las Sequoias son realmente impresionantes y el paisaje con pinos nevados era de postal. Había poca gente en el camino, así que íbamos caminando con la serenidad que da la nieve. Cuando llegamos el museo estaba cerrado, así que almorzamos nuestros sandwichitos de pavo parados al lado de un tractor porque no había ningún lugar sin nieve para sentarse. Nos sacamos unas cuantas fotos y pegamos la vuelta a la Tioga, que nos estaba esperando para seguir camino a Las Vegas.
La gente que visita Yosemite en verano dice que los trekkings son espectaculares. Aunque nosotros no pudimos vivirlos por la nieve y el frío, disfrutamos mucho de la caminata hacia las Sequoias, el fogoncito, el asado y el truco hasta las dos de la mañana.
Un ritual antes de viajar es investigar la Lonely Planet. Así que esta vez hicimos lo propio. Encontramos algunos datos sobre la heterogeneidad en la composición social de LA y del Sur de California (SoCal – Southern California) que queremos compartir, porque cuando vivíamos en Argentina los desconocíamos. Los listamos al final del post.
Los datos resultan interesantes porque aún después de 3 años de vivir en Estados Unidos, la diversidad cultural nos sigue sorprendiendo. Además de la cantidad de inmigrantes de otros países, la movilidad doméstica es muy común. Es natural que una gran proporción de gente que vive en ciudades grandes (Nueva York, Los Angeles, San Francisco, Chicago, Miami), no haya nacido en la ciudad, sino que inmigrado por alguna razón.
Yo en particular, tuve la suerte de experimentar esto en carne propia. En mi oficina, el equipo de trabajo estaba compuesto por 12 personas, entre los cuales había un indio (Asad), una china (Celina – nombre adquirido), una mexicana (Mariana), un salvadoreño (Carlos) y yo argentina. Además de otras dos personas (Janet y Sofocles), hijos de padres que habían inmigrado a Estados Unidos. La mitad del equipo americano y la otra mitad de todos países distintos.
Lo otro interesante es que la meritocracia funcionaba a la perfección y que había mucho respeto por las otras culturas. Al que se esforzaba, se lo reconocían y le iba bien, independientemente de todo el resto. Poco importaba de donde venías, en que universidad habías estudiado, quién era tu familia, qué habias hecho antes, de qué color eras, cómo vestías o cuánta plata tenías. Mi hábito de tomar mate todas las mañanas, también fue gratamente respetado. Lo mismo pasaba en el trabajo de Lu.
Así que cuando leo los datos de la multiculturalidad de Los Angeles y del Sur de California, no solo me sorprendo gratamente de haber tenido la oportunidad de experimentar algo parecido en Boston, sino también, me dan ganas de compartirlos.
Ahí van (gracias Lonely Planet!):
“Across southern California, immigrants from over 140 countries have put down roots, creating the largest populations of Mexicans, Koreans, Armenians, Filipinos, Salvadorans, Guatemalans and Vietnamese outside their home countries. All this makes LA one of the most tolerant, cosmopolitan and open minded societies anywhere”.
“Forty percent of LA County’s residents are Mexican by birth or ancestry, and by 2020 Latinos are projected to be the outright majority. Now LA’s mayor, county sheriff, members of the city supervisors are Latino, as well as many representatives in the California State Assembly and US Congress from across SoCal”.
“There is no city more American than Los Angeles, with all the good and all the bad. Its people are among the nation’s richest and poorest, more established and newest arrivals, most refined and roughest, most beautiful and most plain, most erudite and most airheaded. But what binds Angelenos is that they are seekers. Nearly everyone –or their forebears – arrived by choice”
“Drivers of the Southern California economy include international trade (LA and Long Beach form the nation’s largest port), technology, finance, film and TV production, health services, apparel design, furniture design and higher education. SoCal’s biggest industry, though, is tourism”.
“LA presents a microcosm of America’s income disparities. But the vast majority here is middle class”.
La primer parte del recorrido lo hacemos atravesando la Highway 1, autopista que bordea la costa. Empezamos en Santa Barbara y después pasamos por San Luis Obispo y Big Sur, hasta llegar a Carmel y Monterey. Los paisajes son espectaculares. Una gran parte del viaje manejamos por acantilados, mirando el mar pero manejando sobre la montaña.
Los pueblitos todos muy pintorezcos, cada uno con alguna atracción principal y muchas casas de fin de semana, que probablemente pertenecen a gente que vive en Los Angeles o en San Francisco, las dos ciudades grandes más cercanas.
Una de las perlas del recorrido fue el Wine Country de Santa Barbara. Como grandes amantes del vino, era parte obligada del viaje. El área tiene más de 100 viñedos y bodegas distintas, además de tener locales sin los viñedos o las bodegas, solamente para catación de vinos. La combinación geográfica de montaña cerca de la costa del Pacífico, favorece el cultivo de Pinot Noir, y también Syrah y Viognier.
Así que primero recorrimos, despues almorzamos en“Los Olivos Café & Wine Merchant” y más tarde paramos a catar los varietales deFirestone Vineyard, fundada por la Familia Firestone (“the tire kings”). Gran “wine bistro” y bodega donde se filmaron escenas de la película “Entre Copas”.
Muy buen paseo. Para mi los wine country tienen todos una belleza y un esplendor particular y nunca me voy a cansar de recorrerlos. El ambiente de ruta es de relax, de gente que sale a disfrutar y a pasar un momento placentero, compartido con alguien mas. Si el clima ayuda con algo de sol, podria jurar que el ambiente toma un tinte mágico.
Así lo vivi cuando visité el Napa Valley con Lu y ayer me pasó lo mismo. Nuestro recorrido fue educativo, placentero, alegre y muy relajado. Tal como dice Maya en “Entre Copas”, “wine is the occasion”. Y así lo fue ayer para nosotros.
Cuando pensamos el viaje y decidimos empezar por la Costa Oeste para recorrer ciudades y parques, se nos ocurrió que alquilar una casa rodante podía ser una buena idea. Creo que en parte porque los “road trip” son algo común por estos pagos y porque nos pareció una experiencia divertida.
Así que después de investigar un poco, hicimos la reserva en “El Monte RV” y ayer al mediodía la fuimos a buscar. Nos pusieron un video de 15 minutos donde nos explicaron cómo funciona y nos trajeron a “La Tioga”.
Una cosa espectacular. Como 3 nenes, sonrisa de oreja a oreja, inspeccionamos cada rincón del RV. La Tioga es así: tiene lugar para que duerman cómodas 4 personas, una cocinita, una mesita, una buena heladera, un microondas, un baño chiquito con una ducha, tele, calefacción y aire acondicionado. Además te la alquilan con un set de cocina, de cama y sillitas. En resumen, tiene todo lo necesario para hacer un buen recorrido.
A la noche se duerme en campings para RVs, porque es imposible estacionarla en una calle de la ciudad o en lugares no preparados. Cada estacionamiento para RV tiene un lugar donde la RV se enchufa (como si fuera un velador), y todo anda a la perfección. Incluso hay wifi y televisión por cable.
Los pros: es muy buena para viajes donde uno va visitando distintos pueblitos y lugares, sin quedarse mucho en ningún lugar. No es necesario armar y desarmar la valija todo el tiempo porque estas 110% instalado en el RV. Tenés mate caliente todo el tiempo. La disponibilidad de provisiones es muy conveniente. Ayer tomamos mate con Cheerios, que fue lo más, y nuestra heladera va cargando las cosas que vamos comprando en el camino. Ayer a la noche hizo frío y llovió, y nosotros dormimos como angelitos, adentro de nuestra RV, con calefacción y todo.
Los contras: no es una experiencia económica. Si te quedás varios días en una ciudad, se complica. Difícil de estacionar y difícil de manejar en una ciudad con mucho tránsito.
Para el que le interese un poco más: el costo es de aproximadamente $150 dólares por día, más $0.25 por cada milla después de las 400 millas. A eso hay que sumarle el costo de los campings, que dependiendo del lugar y la infraestructura disponible cuesta entre $50 y $70 dólares por noche.
Pero en fin, nosotros estamos felices. Ya le sacamos unas 200 fotos y ademas Luciano y Diego manejan con una sonrisa de orgullo, que da alegría verla.